En el blog Dr. Vino que firma Tyler Colman se puede ver esta imagen de un vino (un albariño, por cierto) del iconoclasta elaborador Randall Grahm, propietario de la bodega californiana Bonny Doon. No es el primero que apuesta por poner todos los “ingredientes” del vino en la etiqueta (en Nueva Zelanda ya existen varios ejemplos), aunque en su caso defiende esta práctica como parte de su apuesta por los vinos naturales.
Por si no aciertan a leer bien, la lista incluye uvas biodinámicas y dióxido de azufre como ingredientes principales junto a “levaduras autóctonas, nutrientes orgánicos de levaduras y bentonita”. Un ejemplo de “super-mínimos” en elaboración, con el imprescindible sulfuroso y una clarificación a partir de bentonita.
Pero más interesante aún que esta iniciativa aislada es el número de comentarios que genera entre los seguidores del blog. Uno de los más reveladores es el de un detallista de vino que relata su experiencia personal en la venta de vinos que incluyen una lista de ingredientes en la etiqueta. Mientras que los conocedores saben muy bien que es habitual utilizar clara de huevo, bentonita o cola de pescado para clarificar los vinos (elementos que se emplean también en otros productos alimentarios), este tipo de indicaciones sólo sirven para levantar las reticencias de los consumidores con menos conocimientos o con un acercamiento reciente al vino. “Si un etiquetado claro y conciso de un producto alimentario puede ser una bendición –concluye el detallista–, también puede resultar una maldición”.
No hay que ir muy lejos para encontrar un ejemplo de este tipo de reacciones cuando nació la obligatoriedad de la indicación “contiene sulfitos” (algo de lo que no se libran ni los vinos naturales ni los biodinámicos) y que apresuradamente elaboradores y expertos se lanzaron en bloque a explicar al consumidor. Con este precedente se entiende que el sector haya respirado con alivio tras la decisión de la UE, dentro de la política de etiquetado de alérgenos, de aplazar hasta diciembre de 2010 la inclusión de las menciones en relación al contenido de albúmina (huevo), caseína (derivado de la leche) o proteínas vegetales derivadas del trigo en las etiquetas de vino. Ello dejaría el espacio suficiente para que los estudios recientemente emprendidos por la OIV (Oficina Internacional de la Viña y el Vino) puedan demostrar que no quedan trazas de estos elementos en el vino embotellado que llega al consumidor.
Otro tema preocupante, como expuso Pau Roca, secretario general de la FEV (Federación Española del Vino) en la última asamblea de este organismo, es la forma en que deberían indicarse estos productos alérgenos en caso de que finalmente debiera hacerse, ya que la obligatoriedad de traducir la indicación como ocurre hoy con los sulfitos daría lugar a un peso descomunal de esta información en el etiquetado.
Lo que sí es inminente son las nuevas menciones para los rosados tras el visto bueno de los estados miembros de la UE, que será ratificado en los próximos meses, de que se puedan mezclar vinos blancos y tintos para elaborar rosados. De momento se ha establecido la mención de “rosado tradicional” para los vinos elaborados con la técnicas clásicas de sangrados y maceraciones y “rosado obtenido por mezcla” para los que mezclen vino blanco y tinto. Pero ahora habrá que ver qué hacen los estados miembros al respecto. Mientras que la Federación Española del Vino se muestra favorable a esta práctica porque da herramientas para competir con el Nuevo Mundo, el ministro de agricultura francés, por ejemplo, acaba de afirmar que no se permitirá en su país. Y Víctor Pascual, presidente del Consejo Regulador de la D.O.Ca. Rioja declaró ayer mismo en el transcurso de una presentación que consideraba la medida “una aberración enológica” similar al uso de chips y virutas de roble como sustitutivos de las barricas.
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