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Andrés Proensa
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Algunos grandes vinos ponen de relieve el interés de las comarcas vinícolas de las islas Baleares. Las denominaciones de origen Binissalem y Pla i Llevant, la zona de vinos de la tierra de Ibiza, los vinos de mesa, en donde se encuentran algunos de los mejores vinos de la región, y hasta los nuevos proyectos en lugares como Formentera, ponen de relieve el resurgir del vino balear y su incorporación a las zonas productoras que cuentan en el capítulo de los vinos de calidad.
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El Mediterráneo enológico
Los vinos de las comarcas mediterráneas se reivindican de norte a sur. El apasionante proceso catalán y el no menos espectacular del Altiplano Levantino (Alicante, Yecla, Jumilla, Almansa) tienen réplica en la zona valenciana de Utiel-Requena, que pasa de vender barato y a granel a revindicar la denostada uva Bobal, y el movimiento incluso progresa hacia el interior, hacia la fronteriza Manchuela. La zona más oriental, las islas Baleares, queda un poco a contramano, como si en esto del vino también se quisiera confirmar el síndrome de la insularidad que aqueja a esa región en tantos otros sentidos.
Los vinos de Baleares han vivido momentos de notable pujanza a lo largo de su historia. En alguna ocasión han tenido mayor prestigio que importancia productiva, como en el caso de las legendarias malvasía de Banyalbufar, uno de los vinos favoritos de la corte austrohúngara durante el siglo XIX. En otros, la fuerza productiva no tuvo demasiado reflejo en un incremento del prestigio de las comarcas baleares como productoras de vinos.
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Filoxera: ascenso y caída del vino balear
Es el caso del impulso que recibió el cultivo de la vid y la elaboración del vino a finales del XIX, cuando la filoxera dio lugar a un flujo muy importante de vino entre los puertos de Palma de Mallorca y Porto Colom y el puerto de Marsella. En esa época el viñedo creció en la isla de Mallorca hasta alcanzar las 30.000 hectáreas y se extendió incluso a Menorca, donde hoy ha prácticamente desaparecido. Fue una etapa gloriosa, cuando se llegaron a embarcar 50 millones de litros de vino al año con destino a Francia y a la Península.
Como ocurrió en tantas otras zonas españolas, los productores de las islas Baleares no supieron aprovechar el momento de vacas gordas para consolidar unos mercados o unas marcas de cierto prestigio. De hecho, cuando llegó la filoxera a las islas, en 1891, supuso un desastre total del que nunca se llegarían a recuperar. Cuando se pudo reconstruir el viñedo ya era tarde y la producción se quedó en poco menos que lo necesario para el abastecimiento de los payeses. Un magro mercado que además descendía, ya que la crisis del vino provocó una de las etapas de mayor emigración en la región.
Invasión de vinos peninsulares
La recuperación fue muy lenta, aunque se produjo el inicio de la actividad embotelladora en alguna de las bodegas mallorquinas, y se truncó con la crisis de la guerra civil española. Después hubo un lento declive de toda la actividad y se llegó a la década de los noventa con un viñedo en retroceso y muchos problemas. El turismo había hecho que creciera el consumo interno de vino, pero algunas de las escasas embotelladoras de la isla trabajaban con vinos a granel traídos desde las diferentes comarcas peninsulares, más barato que el de las propias islas. Así se dio la paradoja de que mientras se consumía vino de fuera, el viñedo balear retrocedía hasta casi desaparecer en algunas zonas y hasta cerraban cooperativas como la de Felanitx, que cesó en su actividad en 1990.
El problema se acentuaba, por un lado, por la escasa calidad de la mayor parte de los vinos de las islas, y, por otro, por la incidencia comercial de los vinos peninsulares, en especial los de Rioja. Esos vinos desplazaban la escasa producción de vinos que se embotellaban en las islas y para muchos era y sigue siendo una sorpresa enterarse de que hay una producción vinícola en las islas Baleares. Además, influían en los propios vinos, que cambiaron su carácter para acercarse más al perfil comercial que triunfaba, es decir, a los riojas cargados de madera.
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La recuperación fue muy lenta, aunque se produjo el inicio de la actividad embotelladora en alguna de las bodegas mallorquinas, y se truncó con la crisis de la guerra civil española. Después hubo un lento declive de toda la actividad y se llegó a la década de los noventa con un viñedo en retroceso y muchos problemas. El turismo había hecho que creciera el consumo interno de vino, pero algunas de las escasas embotelladoras de la isla trabajaban con vinos a granel traídos desde las diferentes comarcas peninsulares, más barato que el de las propias islas. Así se dio la paradoja de que mientras se consumía vino de fuera, el viñedo balear retrocedía hasta casi desaparecer en algunas zonas y hasta cerraban cooperativas como la de Felanitx, que cesó en su actividad en 1990.
A pesar de todo, también llegaría a las zonas de Baleares la renovación tecnológica de las bodegas, de la mano de la cual se iniciaría la producción de vinos blancos, nada tradicional en las islas, debido a la demanda de la importante población alemana residente en la región. Las bodegas se modernizaron, pero en lo que se refiere al viñedo se puso el acento en la importación de las llamadas "variedades mejorantes", es decir, Cabernet Sauvignon y Chardonnay, entre otras, al mismo tiempo que no se investigaban la cepas autóctonas.
Vinos muy mediterráneos
Lo cierto es que las variedades autóctonas daban poco de sí en las condiciones en las que eran cultivadas y con los criterios en los que se elaboraban y envejecían los vinos. Y no es menos cierto que las prestigiosas cepas francesas tampoco aportaron la solución. Los vinos de Baleares adolecieron de los defectos a otras zonas del Mediterráneo. Son comarcas muy cálidas en las que el cultivo, la elaboración y la crianza requieren unas condiciones muy especiales que han tardado algunos años en entrar en estas bodegas.
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Los vinos tradicionalmente más típicos de Baleares son tintos más bien ligeros de color y de cuerpo, sometidos a crianzas en barrica a todas luces demasiado prolongadas y con un corto recurrido, con una clara vocación hacia una precoz evolución. Los más modernos presentaban ese golpe de calor tan clásico de las zonas cálidas. A finales de los ochenta y principios de los noventa menudearon los cabernets con olores de pimiento o recocidos recuerdos de pimentón, alcohólicos y, sin embargo, con rudos taninos vegetales, lo que hablaba de sol y de mala maduración fenólica.
Sólo cuando han llegado los técnicos jóvenes, con ideas más inquietas, formados en la escuela catalana (aquí los estudios no importa dónde se hagan, lo importante es la forma de hacer que se ha difundido a partir de bodegas catalanas, especialmente del Priorato), se ha prestado una mayor atención al viñedo. Fruto de esa atención es que los mejores vinos de la zona están dejando de lado las variedades foráneas, que quedan como complemento y, si fuera necesario, refuerzo de las autóctonas.
Se han visto las posibilidades de cepas como Callet y Manto Negro, que están protagonizando los mejores vinos de las islas, en solitario o con la aportación de otras, en especial la tinta de moda en la zonas mediterráneas, la francesa Syrah. Los vinos más actuales aplican la cartilla de la modernidad: viñas viejas de escasa producción, cuidadosa selección del momento de vendimia para conseguir madurez fenólica y que los taninos del vino no sean agresivos, selección de parcelas y de uvas, ... . En la bodega, lo mismo: elaboraciones tendentes a obtener colores más intensos y estables y paso de boca más lleno y equilibrado, vigoroso pero sin ser rudo, sin miedo a la graduación alcohólica siempre que esté equilibrada. Vinos tintos muy modernos, con el buen carácter mediterráneo que nos ha traído la modernidad. En los blancos, como también es habitual, bastantes menos alegrías.
El vino en Baleares
La producción se concentra fundamentalmente en Mallorca, donde actúan dos denominaciones de origen, Binissalem-Mallorca y Pla i Llevant de Mallorca, además de plantaciones de cierta importancia situadas fuera del ámbito geográfico de esas dos zonas calificadas o bien pertenecientes a firmas que prefieren no integrarse en la denominación de origen que les corresponde o de otras que, aunque pertenezcan a una de ellas, deben ser comercializados como vinos de mesa por estar elaborados con variedades de uva no contempladas en sus reglamentos. Entre esos vinos de mesa se encuentran los mejores de las islas.
Además de las zonas mallorquinas, cabe señalar algún resto de viñedo en la isla de Menorca y una zona productora en Ibiza, calificada como productora de vinos de la tierra, que busca acceder a la denominación de origen. En la pequeña isla de Formentera se ha realizado una plantación y se va a construir una bodega en un proyecto que, bajo la dirección del joven enólogo ampurdanés Jaume Serra, comprenderá 15 hectáreas de viñedo; no se ha plantado más que una parte de la finca y se espera comenzar las obras de la bodega en breve.
Vamos a repasar los vinos de Baleares agrupandolos en estas cuatro zonas: D.O. Binissalem-Mallorca, D.O. Pla i Llevant de Mallorca, Vinos de la Tierra de Ibiza y Vinos de mesa. Comenzamos esta semana con la primera de las zonas. La próxima presentaremos el resto.
Las puntuaciones han sido otorgadas por Andrés Proensa a efectos comparativos entre los vinos catados.
D.O. Binissalem-Mallorca
Fue la primera zona de las islas en ser calificada como denominación de origen, categoría a la que accedió en 1990. Está situada en la zona central de la isla (municipios de Binissalem, Consell, Santa Eugenia, Santa María del Camí y Sancelles), una comarca de relieve suave, con el viñedo plantado sobre terrenos pardo-calizos a una altitud de 70 a 200 metros sobre el nivel del mar. El abrigo de la sierra de la Tramuntana, cadena montañosa situada al noroeste de la isla de Mallorca, proporciona un clima marcadamente mediterráneo, con temperaturas suaves en invierno y caluroso en el seco verano, y precipitaciones escasas, en torno a 450 mm. al año.
En la actualidad cuenta con algo menos de 400 hectáreas de viñedo de las que se abastecen nueve bodegas. La normativa de la D.O. Binissalem-Mallorca es bastante restrictiva en lo que se refiere al uso de las variedades de uva y tiende claramente a impulsar el empleo de las cepas autóctonas, especialmente la tinta Manto Negro, que abarca más del 60 por ciento del total de viñedo de la zona, y la blanca Prensal. La primera debe participar en una proporción mínima del 50 por ciento en los vinos tintos; las otras autorizadas son la también autóctona Callet, acompañada de Tempranillo y Monastrell y la francesa Cabernet Sauvignon, que no debe participar en vino alguno en una proporción superior al 30 por ciento. La blanca Prensal o Moll debe suponer al menos el 70 por ciento de los blancos y espumosos; también están autorizadas las variedades Macabeo, Parellada y Chardonnay, así como la Moscatel para los vinos tipo "muscat", que pueden ser secos o dulces.
Maciá Batle Col·lecció Privada ‘98
Tinto reserva
Maciá Batle
78/100
Rojo rubí de mediana intensidad. En la nariz dominan sensaciones especiadas de crianza en barrica, con una escasa presencia de matices frutales. Bien dispuesto en la boca, de constitución mediana, con buen equilibrio, cierto esqueleto tánico y buena potencia de sabores; bastante amplio en aromas de boca, con toques frutales.
Maciá Batle ‘01
Blanco
Maciá Batle
73/100
Amarillo pajizo con reflejos dorados. Aromas frutales con un punto de sobremaduración; recuerdos de manzana muy madura y finos toques herbáceos; buena potencia. Cierto cuerpo y acidez bien conjuntada, fresco, suave, sabroso, amplio en aromas y bastante largo. Tiene cierta estructura y buena presencia en la boca.
Ribas ’01
Blanco
Hereus de Ribas
71/100
Amarillo pajizo con tonos dorados. Aroma frutal sencillo, muy franco y agradable, con notas herbáceas y de fruta madura. Buen paso de boca, con cierto cuerpo y acidez bien conjuntada, suave, equilibrado, con un toquecito dulce de entrada que facilita el paso, francos frutales en aromas de boca, persistencia media.
Ribas ’01
Rosado
Hereus de Ribas
70/100
Rosa fresa de buena intensidad, tonos grosella. Aroma frutal fresco y potente, con ligeros tonos vegetales y toque mineral. Tiene prestancia en la boca, con cuerpo y potencia de sabores, seco, fresco, carnoso, con un paso de boca redondo, sólo entorpecido en la salida por un toque vegetal.
Maciá Batle ‘99
Tinto crianza
Maciá Batle
68/100
Rojo rubí de capa mediana-ligera, ribete teja. Aromas especiados de crianza en barrica con notas de frutas carnosas maduras. Cuerpo medio-ligero, equilibrado, con buen paso de boca aunque no sea muy potente en sabores, franco en aromas de boca, mediana persistencia sápida pero más prolongado en aromas.
Ribas ’99
Tinto crianza
Hereus de Ribas
63/100
Rojo cereza intenso, ribete rubí teja. En la nariz dominan sensaciones de fruta muy madura (notas de compotas y orejones), con discreta presencia de sensaciones de roble. Bien armado en la boca, con cuerpo y vivos taninos, carnoso, sabroso, ligeramente astringente. Sobremaduración acusada en aromas de boca.
José L. Ferrer ’98
Tinto reserva
Franja Roja
60/100
Rojo rubí de capa media, marcado ribete teja. Sencillo en la nariz, con predominio de sensaciones de crianza en barrica que apenas dejan lugar a otros aromas. Ligero de cuerpo, con paso ligeramente secante, buena acidez y correcto en sabores, con aromas de crianza en barrica dominando la vía retronasal y el posgusto.
José L. Ferrer ’99
Tinto crianza
Franja Roja
58/100
Rojo rubí de baja intensidad, con marcados tonos teja en el ribete. En la nariz dominan sensaciones de crianza en barricas muy usadas, con cierto carácter vinoso. Ligero de cuerpo, algo corto de sabores pero suave (muy pulido) y conservando cierto equilibrio. En aromas y al final domina la madera.
Fecha de publicación: 10 de septiembre de 2002
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